
Hola, soy Gabriel.
Vivo en la casa de mi abuelo. No sé bien dónde queda, pero dicen que es la Capital. Vivimos con mi papá y mi hermana en una pieza que da al patio, que a la vez, es el garaje. También viven con nosotros mi abuelo y mi tía, la hermana de mi papá. Mi mamá falleció cuando yo era muy chico. Pobre, casi no me acuerdo de ella. Bueno, pobre yo también. Crecer sin mamá es algo que no se lo deseo a nadie.
Pasando las habitaciones, está el comedor, y detrás de éste, el jardín. Allá al fondo, al lado del gallinero y los rosales, en el verano se arma la pelopincho. Sacarnos a mi hermana y a mí de la pileta, es casi una misión imposible.
Mi abuelo es lo más. Hace unos pucheros riquísimos en invierno, y un arroz con leche para chuparse los dedos. Nos lleva al colegio, nos trae de vuelta. Nos prepara la chocolatada. A veces vamos en tren con él. Me dice que el tren sabe adónde vamos, por eso su marcha suena “catán, catán… catán, catán…”. Salir con él es asegurarse un alfajor o un paquete de figuritas. Igual, quiero que sepan que si no me comprara nada, yo lo querría igual.
El otro día, mi papá nos llevó a conocer a una señora. Viajamos bastante en colectivo. Era un barrio bien diferente al nuestro. Lleno de negocios, vidrieras, lugares para tomar la merienda. Pero estuvieron muy astutos porque nos llevaron a un lugar lleno de juegos con luces y sonidos. Parecía un parque de diversiones, pero no al aire libre, sino adentro de un lugar. Lo importante es que pasamos toda la tarde subiendo y bajando a todos los aparatos; comimos helado, pochoclo y caramelos.
Debo haber estado muy ocupado en algún juego, porque no recuerdo cuándo me dijo mi papá que se volvía a casar, y que nos íbamos a ir a vivir a ese barrio. Lo cierto es que, en la primera de cambio, estábamos con mi hermana vestiditos de punta en blanco en la primera fila de una iglesia, viendo a nuestro papá entrando con esa señora, vestida de blanco.
Y si el casamiento (que yo no entendía que era) me tomó por sorpresa, imagínense el día que mi papá juntó todas nuestras cosas y las cargó en un camión.
¿Adónde se llevaban todo? Yo iba y venía con mi karting, preocupado, por todo el patio. Me tuvieron que decir un par de veces que tuviera cuidado por dónde andaba, que iba a hacer caer a alguien.
Todo este movimiento contrastaba con la imagen de mi abuelo, sentado en el fondo, tomando mate. Dejé mi karting y me senté al lado suyo, también en silencio. Me parecía raro que no me hiciera ni un chiste ni me mandara a cambiar la yerba del mate. Yo trataba de seguir la línea de su mirada, a ver si identificaba qué lo tenía tan concentrado. Pero no pude hacerlo porque en eso llegó mi papá y me dijo que salude al abuelo, que ya nos íbamos.
Le di un beso en la mejilla. Todavía tenía olor a la crema de afeitar Colgate, que era de color verde y venía en un pote de tapa blanca.
Al pasar por el patio de adelante vi mi karting. Me subí al coche de un señor que había estado en el casamiento de mi papá. Mi hermana ya estaba sentada adentro. No entendí por qué lloraba.
Le dije a mi papá por qué no llevábamos mi karting, a lo que respondió que no había lugar, que mi abuelo me lo iba a cuidar.
No sé qué pasó. Pero a ninguno de los dos, los volví a ver.
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