Sangre. Me encanta el olor a
sangre. Pero lo que me encanta más aún,
es tenerlas a mi merced.
No pueden oponerse a mi voluntad.
¡Es tan divertido! Puedo hacer con ellas los que yo quiera. Eso me permite
darle rienda suelta a mis más perversos caprichos. Con cada una, me supero en crueldad.
Llevo siglos desquitándome por
esta maldita inmortalidad. Ojalá yo pudiera morir. Ojalá pudiera sentir dolor,
o lo que sea, pero sentir…
Con Marcela, debo confesar, me
encariñé. Ojo, no es que me contradiga con lo que dije recién sobre sentir.
Digo que me encariñé porque su caso fue especial. Era la más despierta de mis
víctimas, la más lúcida. Fue la única que no intentó librarse de mí con
crucifijos, rezos y agua bendita.
Ella me veía realmente. Creo que hasta
percibí compasión en sus ojos, clavados en los míos, rojos de ira, rebosantes
de ganas de hacer daño. No tenía derecho a tenerme piedad. Yo no la tuve, ni la
tendría que con ella. Para comprobarlo, la obligué a arrancarse las uñas, una
por una, mordiéndose los dedos, horadando la carne con los dientes, hasta
lograr que las uñas se desprendieran de los tejidos.
Pasó un tiempo en el que
mantuvieron a Marcela medicada y alejada de todo. Me fue muy difícil hacer
contacto con ella entonces. Pero al mostrar signos de tranquilidad, le
permitieron volver a su rutina habitual.
Fue entonces cuando la vi de
nuevo, parada frente al espejo del baño del colegio. La hoja de acero trazó un
profundo camino por su mejilla. Nuevamente, la delicia del néctar carmesí derramando
por su cara y cuello.
Yo la observaba desde uno de los
cubículos. Me retorcía de gusto. Con mis brazos desencajados hacia atrás me
sostenía de la cadena, dejando ver mi
bello vestido blanco, robado de la tumba de aquella niña que hice atropellar
justo a la salida de su primera comunión.
Me encantaba que Marcela se
lastime delante de otros. En privado,
hubiera sido como cualquier otro adolescente en estos tiempos. Pero a la
vista de los demás, generaba otro impacto.
La gente la llamaba loca, enferma, cuando no la insultaban diciéndole
que era una sádica, que buscaba llamar la atención.
Pero yo me preguntaba entonces
¿quién estaba loco, realmente? ¿La única persona que podía verme y oírme? ¿Y
qué hay de aquellos que aturden sus sentidos con la televisión, que engullen
porquerías sin control, o dependen de drogas para no pensar?
Marcela sabía de mi existencia y
hacía lo que le pedía. Pero por esa misma razón, ya estaba bastante dañada. Su
cuero cabelludo tardaría en cicatrizar. Su rostro tenía mi marca. Lo mismo para
sus brazos. Ya me estaba aburriendo.
Tal vez sea por eso que una nueva
víctima capturó mi atención. Una amiga de Marcela que puso especial empeño en
ayudarla, en comprender exactamente qué veía, qué sentía, qué o quién era lo
que la llevaba a cometer esas atrocidades contra ella misma. Si tanto quería entender, yo le iba a
explicar. En persona. La gente con la sensibilidad suficiente para preocuparse
por el otro, tiene que aprender a no meterse.
Si tanto quiere saber, esta noche
la visitaré y haré que dibuje en su pierna con algún cuchillo o tijera que
tenga a mano. Qué delicia… ya estoy
imaginando el olor a sangre nueva…

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