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Un pueblo al norte de mi país

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Iruya es un pueblo de la provincia de Salta. Ubicado a 300 kilómetros de la capital salteña, se accede por un angosto camino de ripio, con la montaña a la izquierda y la nada misma a la derecha, no se puede circular a más de 20 kilómetros por hora, a menos que se desee poner a prueba las leyes de equilibrio y gravedad.

Todo el mareo y cansancio propios del viaje, desaparece automáticamente al mirar al horizonte, después de la última curva. Cruzando el río, escondido entre enormes paredones naturales, Iruya nos recibe con la imagen de la Iglesia, una edificación de tono amarillo que resalta entre los colores de la naturaleza.

Las calles, de piedras y polvo grises, respetan las subidas y bajadas de la montaña. A sus lados, casas bajas, sencillas, sin pretensiones, se mimetizan con los colores de la tierra. Puertas de cardón, la madera debajo de los cactus, abundan. No falta algún perro durmiendo al sol, que de pronto levante la cabeza advirtiendo la presencia de algún visitante, y se incorpore para acompañarlo en el resto del camino.

En una esquina, encontramos un comercio de puerta verde, sobre el que cuelga desteñido por el sol y el viento, un cartel que indica “Almacén”. Adentro, conviven algunos quesos, una mortadela que asoma desde la heladera, fósforos, artículos de limpieza y recuerdos del pueblo. La amabilidad del dueño no distingue entre vecinos y turistas. 

Saliendo, a la derecha, en diagonal, el cajero automático y su puerta de vidrio dejando ver la moderna máquina, desentona del entorne ocre iluminado por el sol. El clima es seco, árido. Unos pocos árboles crecen cerca del río de la entrada, o en las laderas de la montaña. El calor del mediodía se hace sentir, y cuesta encontrar reparo en la sombra. Tal vez sea por eso que el pueblo, a la hora de la siesta, parece detener el tiempo.

De noche, la temperatura da tregua y hasta es bienvenido un abrigo. La oscuridad recorre las calles, salvo por alguna que otra lámpara. Las paredes montañosas, intimidantes, parecen cernirse sobre el observador. Y más arriba, hacia el infinito, un manto de incontables lucecitas hacen del paisaje, algo mágico.

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